Sin título

Yo siempre supe que me mentía, pero nunca me importó. En realidad, no es que me mintiera a mí, sino que mentía a todo el mundo, y yo prefería verlo como aquel por quien se hacía pasar. ¿Cómo iba a ser quien era en una sociedad en la que está mal visto ser distinto? Yo sé que él tenía alas, aunque nunca las mostraba. Las usaría, supongo, para sobrevolar la ciudad de noche y huir de las banalidades humanas. Yo las imagino grandes, muy grandes. Plegadas, debían de rozar el suelo mugriento con las puntas mientras caminaba; por eso debía llevarlas escondidas también: para que no se ensuciaran. Extendidas, tendrían una envergadura de más de tres metros. Seguro que eran de ese color blanco oscuro, pero que no es gris. Blanco sombreado, si se quiere. Él las cuidaba, pasaba horas en su casa limpiándolas, acomodando las plumas para que las más grandes protegieran las que iban saliendo. A diferencia de su contextura menuda, sus alas debían de ser fuertes y firmes: después de todo, tenían que elevarlo a él a una altura suficiente para pasar desapercibido. Habrá habido quien, en la oscuridad de la noche, lo confundiera con un cormorán, sin tiempo para salir de su error porque en un momento aparecía y desaparecía en el negro profundo de las noches sin luna.

Muchas veces, cuando ya se había puesto el sol, yo salía a la calle solo para hablar con él. Debía de estar planeando por algún lugar desconocido para mí, pero por estas latitudes el viento es un gran aliado: nunca se detiene, entonces, tarde o temprano, llega a donde tiene que llegar. Por eso yo le hablaba en voz alta, sin gritar, pero tampoco susurrando, de forma tranquila y pausada, como solo él me inspiraba hacerlo. El viento pasaba, tomaba mis palabras y se las llevaba surcando por esos canales invisibles, ondulados, que suben y bajan con vueltas y más vueltas, por los que se suele deslizar: el mismo viento que todavía lleva los mensajes de cuantos pueblos habitaron estas tierras, en todos sus idiomas perdidos, misteriosos, mezclados con el mío, vulgar y tedioso. Así, calculo, llegaban a sus oídos mis palabras, provenientes de tierra firme, allá arriba, donde el aire está más limpio.

Siempre pensé que su mayor aflicción era estar condenado a volar únicamente de noche. Muchas veces quiso esperar al amanecer subido a algún cerro, para ver cómo el sol se levantaba de su cuna de mar, prendiéndolo todo en llamas amarillas, naranjas, rojas, pero: ¿cómo iba a volver después, si ya era de día y lo verían? Ahora trabaja en un edificio y yo sé que espera con ansias los amaneceres tardíos del invierno, para subirse a la terraza y verlos desde ahí. Quizás, en un descuido, despliegue sus alas unos instantes para sentir cómo las golpean los rayos del sol.

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